La brecha de aseguramiento sísmico que el sector no puede seguir ignorando

Introducción: un riesgo conocido, una protección minoritaria

México no necesita que le expliquen lo que es un terremoto. Lo sabe en la memoria colectiva del 19 de septiembre —dos veces, con 32 años de diferencia entre 1985 y 2017— y lo sabe en los datos duros de un país asentado sobre cinco placas tectónicas, donde el Servicio Sismológico Nacional registró casi 40 mil sismos solo en 2025.

Y sin embargo, frente a esa certeza geológica, la respuesta del mercado asegurador sigue siendo minoritaria. De acuerdo con cálculos de la AMIS, apenas 4.5% de los hogares en México están asegurados contra sismos o inundaciones. A nivel de vivienda en general, la protección tampoco es alentadora: de las 35.2 millones de viviendas registradas en el país, solo el 24.6% cuenta con algún seguro, y específicamente en el ramo de daños, apenas el 33% de las pólizas de este tipo incluyen cobertura de sismo o terremoto.

La pregunta que da título a este artículo —¿está preparado el asegurado mexicano para un posible terremoto?— tiene, con estos datos sobre la mesa, una respuesta incómoda: la gran mayoría, no. Y esa respuesta no debería quedarse como una estadística más. Es, para el sector asegurador, una de las oportunidades de crecimiento y de propósito social más claras que existen hoy en el mercado mexicano.

Lo que la historia sísmica ya nos enseñó

El costo de los grandes sismos mexicanos no es hipotético; está documentado. Los sismos de septiembre de 1985 y 2017 en la Ciudad de México dejaron una huella profunda en la industria aseguradora nacional, que ha pagado por estos siniestros más de 3,421 millones de dólares. El sismo de 2017 en particular no fue un evento menor dentro del contexto internacional: de acuerdo con la AMIS, el sismo del 19 de septiembre de 2017 fue el quinto siniestro más costoso registrado en el país.

Estos números confirman dos cosas al mismo tiempo. Primero, que el riesgo sísmico en México es real, recurrente y financieramente significativo para el sector. Segundo —y esto es lo más relevante para el argumento de este artículo— que la industria aseguradora mexicana ya sabe gestionar el sismo cuando el cliente está asegurado. El problema no es de capacidad técnica ni actuarial: el problema es que la inmensa mayoría de los mexicanos simplemente no tiene el producto contratado.

Vale la pena dimensionar también la frecuencia del fenómeno más allá de los grandes eventos históricos. Solo entre 2019 y julio de 2024 se registraron 3,654 siniestros relacionados con sismos, y en ese mismo periodo se presentaron más de 50 sismos con magnitud mayor a 5 grados en la escala Richter. No estamos hablando de un riesgo de «cola larga» que ocurre una vez por generación: es un riesgo activo, presente, que ya está generando reclamaciones de forma constante, concentradas de manera particular en la Ciudad de México. La capital es la entidad con más reportes de siniestros por sismo, concentrando el 70% del total registrado entre 2019 y 2024.

¿Por qué la brecha es tan grande?

Entender por qué tan pocos hogares y negocios cuentan con cobertura sísmica es el primer paso para que el sector pueda cerrar esa brecha de forma efectiva. Algunos factores estructurales se repiten de manera consistente:

  1. La cobertura de sismo casi nunca es automática. En la mayoría de las pólizas de daños, la protección contra terremoto y erupción volcánica se contrata como una cobertura adicional, no como parte del paquete básico. Esto es especialmente frecuente en las pólizas asociadas a créditos hipotecarios, que suelen proteger el interés del banco sobre la estructura del inmueble, dejando la cobertura de sismo con sumas aseguradas insuficientes o de plano ausente. Si el cliente no pregunta explícitamente, es perfectamente posible —y común— que termine sin esta protección sin siquiera saberlo.
  2. Persiste la percepción de que «no me va a tocar a mí». El sesgo de baja probabilidad-alto impacto es uno de los fenómenos mejor documentados en la economía del comportamiento aplicada a seguros: las personas subestiman sistemáticamente riesgos infrecuentes pero severos, sobre todo cuando compiten por presupuesto con gastos cotidianos más tangibles.
  3. La penetración aseguradora general en México sigue siendo baja frente a estándares internacionales. El índice de penetración del seguro en la economía mexicana creció apenas un punto porcentual del PIB en la última década, de 1.95% a 2.95%, mientras que en el resto de América Latina el nivel de penetración se ubica entre 5% y 6% del PIB, y en los países de la OCDE alcanza 8%. La baja cultura aseguradora general se traduce, de forma proporcional, en una baja adopción de coberturas específicas como la de sismo.
  4. El desconocimiento del producto y de su costo real. Existe una percepción extendida —y equivocada— de que la cobertura sísmica es prohibitivamente cara. En la práctica, activarla representa un incremento moderado sobre la prima base del seguro de hogar o negocio, no una duplicación del costo, especialmente cuando se compara contra el costo de reconstrucción de un inmueble dañado severamente, que puede ascender a varios millones de pesos.

El Estado también se protege: una señal que el sector puede capitalizar

Un dato relevante para contextualizar esta conversación es que el propio gobierno mexicano gestiona activamente su exposición al riesgo sísmico a través de instrumentos financieros sofisticados. El Gobierno de México renovó su Seguro para Catástrofes 2026-2027 y duplicó su suma asegurada a 10,400 millones de pesos, en un contexto de mayores pérdidas por fenómenos naturales durante 2025. Este instrumento se compone de un Fondo de Administración de Pérdidas de 400 millones de pesos y un seguro paramétrico de 10,000 millones de pesos, diseñado para activar una respuesta financiera ante catástrofes de alta severidad, cubriendo sismos, erupciones volcánicas, huracanes e inundaciones de severidad media-alta en todo el territorio nacional.

El mensaje implícito de esta decisión es poderoso desde el punto de vista de comunicación de riesgo: si el propio Estado mexicano —con acceso a herramientas de diversificación de riesgo, reservas presupuestales y mecanismos como el Ramo 23— considera indispensable duplicar su protección financiera ante desastres, la pregunta natural para cualquier propietario de vivienda o negocio es por qué habría de asumir individualmente un riesgo que el gobierno mismo no está dispuesto a absorber sin cobertura.

Esta es, para el sector, una oportunidad narrativa desaprovechada: si el Estado se reasegura, comunicar activamente por qué el patrimonio familiar debería seguir la misma lógica es un argumento con credibilidad institucional integrada, no una simple táctica comercial.

De la brecha al plan de acción: qué puede hacer el sector

Cerrar una brecha de aseguramiento de esta magnitud no depende de una sola aseguradora ni de una sola campaña. Requiere una estrategia sostenida en varios frentes:

Educación proactiva sobre lo que sí y lo que no cubre una póliza estándar. Muchos asegurados asumen erróneamente que su seguro de hogar o de negocio ya incluye cobertura sísmica. Clarificar esto de forma explícita —en la contratación, en la renovación y en comunicaciones periódicas— es el primer paso para convertir un desconocimiento pasivo en una decisión informada.

Productos modulares y accesibles para distintos niveles de ingreso. No todo el aseguramiento sísmico tiene que replicar el modelo de la póliza residencial tradicional. Existe una oportunidad clara en microseguros paramétricos, coberturas de suma asegurada ajustable y productos de pago fraccionado que permitan a segmentos de menores ingresos acceder a una protección básica, incluso si no es integral.

Comunicación basada en costo de oportunidad, no en miedo. El mensaje más efectivo no es «puede pasarte un terremoto», sino la comparación concreta entre el costo de la prima anual y el costo de reconstrucción de un inmueble dañado —que fácilmente se ubica en varios millones de pesos frente a una prima que representa una fracción mínima de esa cifra.

Aprovechar los canales digitales y bancarios como puntos de contratación. Dado que buena parte de la exposición no cubierta corresponde a vivienda financiada por crédito hipotecario, existe una oportunidad concreta de trabajar junto con instituciones financieras para que la cobertura sísmica adecuada —no solo la mínima que protege el interés del acreedor— se ofrezca de forma clara y comparativa en el momento de la contratación del crédito.

Transparencia sobre deducibles y coaseguro. Una de las causas frecuentes de insatisfacción posterior al siniestro es el desconocimiento de que la cobertura de sismo típicamente opera con un deducible calculado como porcentaje de la suma asegurada, seguido de un coaseguro sobre el remanente del daño. Explicar este mecanismo con claridad desde la contratación —no dejar que el cliente lo descubra durante la reclamación— es indispensable para gestionar expectativas y preservar la confianza en el producto.

Conclusión: la pregunta no es si habrá otro sismo, sino quién estará protegido cuando ocurra

México no puede controlar su actividad sísmica; es, y seguirá siendo, uno de los territorios más activos del mundo en este sentido. Lo que sí puede controlar —y donde el sector asegurador tiene una responsabilidad y una oportunidad de negocio alineadas como pocas veces ocurre— es qué proporción de su patrimonio familiar y empresarial estará protegido cuando el siguiente evento se presente.

Los datos actuales son contundentes: una fracción minoritaria de los hogares mexicanos cuenta con cobertura sísmica, a pesar de una historia sísmica documentada, costosa y recurrente, y a pesar de que el propio Estado mexicano ha optado por reforzar, no reducir, su propia protección financiera frente a este riesgo.

La respuesta a la pregunta «¿estamos preparados?» no depende únicamente de la ingeniería estructural de nuestros edificios ni de los protocolos de protección civil, por más importantes que sean. Depende también, de forma directa, de cuántas familias y negocios tendrán detrás un contrato de seguro que les permita reconstruir su patrimonio sin que el siniestro se convierta, además de una tragedia física, en una ruina económica. Cerrar esa brecha —con educación, productos accesibles y comunicación honesta— no es solo una meta comercial para el sector: es, en el sentido más literal de la palabra, una tarea de resiliencia nacional.

Artículo elaborado con apoyo de inteligencia artificial (Claude, de Anthropic) y revisado por la Dirección de Cultura del Contrato de Seguro.