Cambiar la mentalidad del mexicano frente a la previsión, en un contexto de riesgos catastróficos e hidrometeorológicos que crecen cada año

 

Introducción: el problema no es la oferta, es la cultura

México no tiene un problema de oferta aseguradora. Tiene más de 100 compañías operando, productos para prácticamente cualquier riesgo imaginable, y un sector que crece de forma sostenida año con año. El problema es otro, y es mucho más difícil de resolver con un nuevo producto o una campaña publicitaria: la inmensa mayoría de los mexicanos —personas, familias y pequeñas empresas— sigue sin contratar un seguro, incluso cuando el riesgo que ese seguro cubriría se vuelve, literalmente, más probable cada año. Este artículo examina la magnitud real de esa brecha, sus causas estructurales y culturales, y lo que —desde la política pública, la industria y la propia cultura financiera del país— se necesita para revertirla.

  1. La magnitud del problema, en números

Empecemos por dimensionar la brecha con la métrica que usa toda la industria: la penetración del seguro como proporción del Producto Interno Bruto. En 2025, la industria aseguradora mexicana rompió por primera vez la barrera del billón de pesos en prima emitida, alcanzando una penetración cercana al 3% del PIB nacional —un hito histórico para el sector, pero que sigue siendo notoriamente insuficiente en el contexto internacional. La directora general de la AMIS, Norma Alicia Rosas, señaló que el índice de penetración creció apenas un punto porcentual del PIB en toda la última década, pasando de 1.95% a 2.95%, y subrayó un dato incómodo: ese crecimiento se logró sin que en ese periodo se hubiera implementado ninguna política pública específica para impulsar el seguro en México.

La comparación internacional confirma el rezago. La penetración del sector asegurador mexicano se ubica por debajo del promedio de América Latina, que es de 3.0%, mientras que el promedio de los países de la OCDE alcanza el 8.0% del PIB —es decir, casi el triple. Puerto Rico llega a 16.4%, Chile a 4.3%, y tanto Brasil como Colombia superan el 3.0%</cite>, todas economías comparables a la mexicana en tamaño o desarrollo. El propio Gobierno Federal ha reconocido públicamente la magnitud del rezago: durante la Convención AMIS 2026, la Secretaría de Hacienda destacó que solo el 23% de las personas entre 18 y 70 años cuenta con alguna póliza de seguro en México, y exhortó a la iniciativa privada a desarrollar productos que respondan mejor a las necesidades reales de las familias mexicanas.

El desglose por ramo es todavía más revelador. En el segmento de automóviles, solo entre el 30 y el 35% del parque vehicular nacional está asegurado, una cifra que confirma un patrón: de un parque vehicular de 32 millones de automóviles en el país, solo el 30% cuenta con una póliza que los proteja, dejando al resto expuesto en caso de accidente. Las consecuencias de esa desprotección no son abstractas: cada año los costos de compensación por daños a terceros ascienden de entre 1.7% y 2.3% del PIB nacional, de acuerdo con el Consejo Nacional para la Prevención de Accidentes, los percances de tránsito provocan cerca de 40 mil lesionados y la muerte diaria de 44 personas, arriesgando el capital familiar completo de quienes deben indemnizar sin respaldo de una póliza.

  1. ¿Por qué el mexicano no contratos seguros? Los dos factores estructurales

La literatura especializada en el tema coincide en un diagnóstico de fondo. Según el estudio de brecha de cobertura de la propia Comisión Nacional de Seguros y Fianzas, la contratación de seguros está condicionada por dos factores fundamentales: el nivel de ingresos y el grado de cultura financiera o de prevención, entendida esta última como la comprensión de los beneficios y costos asociados a estos productos. Y el dato que revela justamente esa brecha cultural es contundente: de acuerdo con la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera, solo el 21% de la población mexicana contaba con algún tipo de seguro, ya fuera de vida (13%), automóvil (10%) o gastos médicos (6%).

Un análisis académico reciente sobre la demanda de seguros en México va todavía más lejos con un dato estadístico que resume, en una sola cifra, la magnitud del reto cultural del sector: la probabilidad de que una persona mexicana promedio no contrate ningún seguro es del 99.80%. Es decir: contratar un seguro sigue siendo, estadísticamente, la excepción y no la norma en la vida financiera de un mexicano.

Esta brecha no es solo un problema técnico de bajos ingresos; es, sobre todo, un problema de percepción. Como lo resume un análisis reciente del sector: la baja penetración del seguro no solo limita la protección económica ante riesgos, sino que evidencia una brecha cultural y financiera en la percepción del seguro como una inversión esencial en lugar de un gasto opcional. Mientras el seguro siga entendiéndose como un lujo prescindible y no como una herramienta básica de gestión de riesgo familiar o patrimonial, ninguna oferta de producto —por innovadora que sea— logrará cerrar la brecha por sí sola.

  1. El agravante que cambia la urgencia del problema: el riesgo ya no es hipotético

Aquí es donde la discusión deja de ser exclusivamente cultural y se vuelve urgente desde una perspectiva de protección patrimonial real. México enfrenta hoy un incremento medible, año con año, tanto en la frecuencia como en la severidad de los fenómenos hidrometeorológicos y sísmicos. Como se documentó en un análisis reciente sobre riesgos catastróficos en el país, la temporada de lluvias de 2025 dejó siniestros hidrometeorológicos por más de 8 mil millones de pesos —un incremento del 21% frente a todo el año anterior—, mientras que un solo evento de inundación en octubre de ese año dejó más de 100 mil viviendas destruidas y apenas 1,200 reclamaciones aseguradas: una desproporción que ilustra, con crudeza, lo que significa enfrentar un desastre natural sin cobertura.

Esta tendencia no es un episodio aislado, sino un patrón que se repite y se intensifica. Y ahí radica la paradoja más peligrosa de la baja cultura del seguro en México: el riesgo crece exactamente en la misma proporción —o más rápido— que la brecha de protección permanece estancada. Cada año que pasa sin que la penetración del seguro avance de forma decidida, más familias y más pequeñas empresas quedan expuestas a un fenómeno que, estadísticamente, ya no es una posibilidad remota, sino una certeza recurrente del calendario mexicano.

  1. Lo que sí está funcionando: señales de cambio

No todo el panorama es estancamiento. Existen señales concretas de que, cuando se combinan los incentivos correctos, la cultura del seguro sí avanza. En los últimos 30 años, la penetración del seguro en México pasó de poco más de 1% del PIB a cerca de 2.64%, y para 2025 la industria registró un crecimiento real del 8%, liderado por las pólizas de vida y de gastos médicos. Ese crecimiento tiene, además, un ejemplo histórico muy concreto de cómo la regulación puede modificar el comportamiento del consumidor: la implementación del seguro de responsabilidad civil vehicular obligatorio en 2014 fue uno de los hitos que impulsó de forma directa la contratación de seguros de auto en el país. Cuando la ley convierte el seguro en una condición para circular —y no solo en una recomendación—, la cultura de previsión avanza de forma medible.

El propio sector reconoce que persisten retos importantes: ampliar la base de asegurados, desarrollar un mercado adecuado para personas mayores de 65 años, y construir esquemas que garanticen un retiro digno</cite>. Y, de forma explícita, la Política Nacional de Inclusión Financiera 2025-2030 ya reconoce como prioridad ampliar el acceso al aseguramiento, particularmente ante la brecha que todavía existe respecto de otros productos financieros</cite> —una señal de que, por primera vez en años, el aseguramiento empieza a formar parte explícita de la agenda de política pública nacional, más allá de la propia industria.

  1. Qué necesita México para cambiar la mentalidad: cinco frentes de acción

Educación financiera desde etapas tempranas. El dato de que solo el 21% de los mexicanos entiende y contrata algún tipo de seguro no se resuelve con más publicidad de producto, sino con educación financiera estructurada —desde la escuela, no solo desde la sucursal bancaria o la agencia de seguros. Mientras el seguro siga siendo un concepto abstracto y no una herramienta que las personas aprenden a usar desde jóvenes, seguirá percibiéndose como un gasto prescindible.

Política pública activa, no solo crecimiento orgánico. El hecho de que la penetración haya crecido apenas un punto porcentual en una década sin políticas públicas específicas confirma que el crecimiento orgánico del mercado no basta. La Política Nacional de Inclusión Financiera 2025-2030 es un paso necesario, pero su éxito dependerá de que se traduzca en incentivos fiscales, requisitos normativos y campañas de alcance masivo —no solo en un documento de intención.

Obligatoriedad selectiva y bien diseñada. El caso del seguro de responsabilidad civil vehicular demuestra que la obligatoriedad, cuando se implementa con acompañamiento y gradualidad, sí modifica la conducta del consumidor de forma sostenida. Extender esa lógica —de forma cuidadosa— a otros riesgos de alto impacto social, como la vivienda en zonas de riesgo hidrometeorológico o sísmico comprobado, es una discusión de política pública pendiente en México.

Productos diseñados para la realidad económica del mexicano promedio, no para la clase asegurable tradicional. Buena parte de la población no contrata un seguro porque los productos disponibles no están diseñados para su nivel de ingreso, su forma de pago o su relación con el riesgo. Los microseguros, los seguros paramétricos de bajo costo y los esquemas de pago flexible —ya explorados en el segmento agrícola y catastrófico— son el tipo de innovación que puede acercar el aseguramiento a la población que hoy queda fuera.

Comunicación que hable de previsión, no de miedo ni de venta. La cultura del contrato de seguro no se construye asustando a la gente con el riesgo, sino ayudándola a entender —con información clara, veraz y accesible— qué protege realmente una póliza, qué no cubre, y cómo leer un contrato antes de necesitarlo. Ese es, precisamente, el terreno donde medios especializados y de divulgación tienen la responsabilidad más directa: traducir el lenguaje técnico del contrato de seguro a la vida cotidiana del mexicano promedio.

Conclusión: la previsión como hábito, no como reacción

México no necesita más seguros disponibles en el mercado; necesita más mexicanos que entiendan por qué deberían tenerlos antes de que ocurra el siniestro, no después. La estadística que resume el reto —una probabilidad del 99.8% de que una persona no contrate ningún seguro— no es solo un dato de mercado: es el retrato de un país que sigue gestionando el riesgo con la esperanza de que no ocurra, en lugar de con la previsión de que, tarde o temprano, ocurrirá. Y en un contexto donde las inundaciones y los sismos ya no son eventos excepcionales sino una tendencia medible que crece año con año, esa esperanza se ha vuelto la apuesta más cara que puede hacer una familia mexicana. Cambiar esa mentalidad —de la reacción a la previsión— no es tarea exclusiva del regulador ni de la industria: es, también, tarea de quienes tienen la oportunidad de explicar, con claridad y sin tecnicismos innecesarios, qué es realmente un contrato de seguro y por qué protegerse hoy siempre cuesta menos que reconstruir después.

 

Fuentes consultadas: Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS); Comisión Nacional de Seguros y Fianzas (CNSF); Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP); Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF); Consejo Nacional para la Prevención de Accidentes (CONAPRA); Mapfre Economics; Deloitte; BBVA México; y Revista Mexicana de Economía y Finanzas.

Artículo elaborado con apoyo de inteligencia artificial (Claude, de Anthropic) y revisado por la Dirección de Cultura del Contrato de Seguro.